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Foodie: Un sustantivo que me dice mucho y un adjetivo que me dice nada

Foodie: Un sustantivo que me dice mucho y un adjetivo que me dice nada

Hasta hace pocos –poquísimos– años en Guatemala, el anglicismo foodie no decía mayor cosa y, su significado, o connotaciones relacionadas con el arte culinario, no “significaban” algo trascendental para una gastronomía alucinante y casi olvidada como es la guatemalteca.

Solamente era apreciado por algunos o algunas cocineras dedicadas al verdadero objetivo de la restauración y, además, de protagonistas insistentes que han intentado “dignificar” los ingredientes, darle valor a las/los creadores/creadoras y también, por qué no, a las recetas ancestrales de Mesoamérica como eje principal de nuestras raíces culinarias, culturales, humanistas.

A lo que voy con esta introducción, es que el anglicismo foodie se vino a instaurar –incluso a imponer– en una cultura “contempo” local donde nunca ha existido la colectividad, la investigación y el aporte valiosísimo de una crítica culinaria.

Pablo Bromo

A ver, vamos por partes. Primero, hay que entender a “la restauración” como el leitmotiv –o motivo principal– para apreciar todo lo relacionado con la historia de la gastronomía, en este caso en particular: la apreciación por lo que se sirve en los restaurantes.

El término restaurant significa restaurar, y de ahí su origen gracias a Boulanger, un cocinero francés quien acuñó por primera vez el término en el París del siglo XVIII, quien afuera de su estación de servicio colocó la frase: «Venite ad me vos qui stomacho laboratis et ego restaurabo vos», que en castellano significa: «Venid a mí, hombre de estómago cansado. Yo os restauraré». Luego el concepto se extendió por toda Europa hasta quedar instaurado en la cultura popular.

Comprendiendo esto, paso a mi segundo punto: Entender y valorar la labor de un cocinero es un gesto enorme, enormísimo. Incluso, me atrevo a decir, es un gesto de amor. Me refiero a que un cocinero se dedica a alimentarnos; y alimentar, es sinónimo de vida como necesidad básica y fundamental de la existencia.

Ya adentrados en esta consigna de que un cocinero es alguien que comparte su talento (destreza, investigación, empirismo, tiempo), podemos avanzar a mi siguiente punto: La apreciación por el ingrediente, el servicio y la creatividad.

Si bien comemos por “pura necesidad”, la cultura foodie ha dejado en manifiesto que comer es un placer inigualable. Bien, en eso estoy de acuerdo. Comer es un placer necesario que merece ser compartido (en la mesa con la familia, en la intimidad con la pareja, en las redes con los amigos) y merecidamente aplaudido.

Por principio, el ritual de alimentarnos es algo que se hace desde la prehistoria en comunidad. No comemos solos, pues, estamos hechos y diseñados antropológicamente para compartir en tribu, manada y colectividad. Por eso el ritual de comer debe significar algo trascendental y sublime, algo que no corresponde solamente a estímulos ulteriores, sino a sensaciones y a respuestas mucho más profundas. Como el placer y el respeto. Y el intercambio también.

Aquí, es donde me interesa ahondar en el tema del servicio de un restaurante, el cual ha sido muy poco valorado por la cultura foodie y, al mismo tiempo, hasta menospreciado y poco comentado en redes sociales.

Al parecer, comer en restaurantes es una experiencia que poco a poco se ha convertido en accesible para muchos, desde la primera palabra que intercambiamos con el jefe de servicio (o mesero, como comúnmente lo conocemos) hasta el momento en que recibimos el voucher o “vuelto” por el consumo.

Toda la experiencia debe ser, en conjunto, considerada como parte de “comer”: el local, las luces, los cubiertos, los platos, la música –si la hay–, los movimientos de los meseros, el lenguaje, los gestos, los estímulos. ¡Y ojo! Ni siquiera estoy hablando del servicio de comida “per se”: los ingredientes, la preparación, las cocciones, los sabores, los colores, las texturas, los tiempos, los cambios de paladar, el maridaje, las sugerencias, etc.

Piénsenlo bien. Un restaurante no solo es un lugar donde se vende comida. Es muchísimo más.

Por eso, cuando escucho conversaciones con foodies influenciadores (fanáticos de comer en restaurantes) o leo comentarios en sus fotos de redes sociales como: «La comida es riquísima», «Son los mejores camarones de Guate», «La mejor carne del mundo», «Yummy», etc.; no me dicen absolutamente NADA de un restaurante ni de la experiencia.

¿Y el servicio? ¿Y los ingredientes?, pregunto, pero no recibo respuestas concretas. Todo se vuelve trivial, ligero y hasta mediocre.

Tomar fotos de comida todo el tiempo está bien –mejor si son sin filtros ni efectos–. Yo las tomo todo el tiempo, se ha vuelto una adicción y un hábito que no quiero dejar porque la gastronomía es mi mundo, mi medio, mi inspiración.

Al respecto de todo esto les diré. Soy cocinero. Estudié gastronomía y, por eso mismo, necesito que el arte gastronómico se valore, aprecie y se le dé el mérito que merece. Tener un restaurante no es algo trivial. Liderar una cocina tampoco. Estar parado atendiendo mesas –por horas– mucho menos. Limpiar y tener todo listo en su momento, muchísimo menos. Todo es una sincronía de equipo, un respeto al producto, un amor al servicio y un agradecimiento al comensal.

Por eso, la próxima vez que vayás a un restaurante ponéle atención a cada uno de los detalles. Olvidáte de tomar fotos del plato y disfrutá las temperaturas con las que está servido. Todo es efervescente y pasajero.

Un pato sous vide o un lomito sellado en pimientas está servido por el jefe de cocina “a esa temperatura”, después sabe diferente.

Hay que regresarle valor al fuego y a sus cocciones, a la preservación de las carnes y a la frescura del producto; sobre todo al local.

Así que si sos foodie, y leíste hasta acá, la próxima vez que vayás a un restaurante preguntá por todo, por cada ingrediente, por la inspiración del menú y el proceso de preparación. Preguntá de todo y aceptá hasta donde te respondan.

Y si todavía querés tomar la foto del plato, ponerle un filtro bonito y publicarla en tus redes; no olvidés agradecerle a cada uno de los miembros del restaurante. La cultura de la restauración o #FoodieCulture es un trabajo en equipo que merece mucho más respeto. Y ahora, que vos también probaste ese menú, pues también formás parte de este gran equipo.

Ser foodie es más que fotos bonitas y muchos seguidores. Es criterio, respeto e investigación por lo que te estás metiendo a la boca.

Y, además, es un sistema que debe funcionar como relojito suizo. Aunque tampoco caigamos en dogmas. Nada es perfecto. Por eso hay que tener amplio criterio gastronómico.

Y curiosidad, aunque ésta mató al gato.

Por cierto, ¿sabías que en Perú hay un festival llamado Miaustura donde se preparan platillos con carne de gato? ¿Te animarías a probarlos?

Escrito por:
Pablo Bromo

Escritor, editor, cocinero y comelón. Ha publicado varios libros entre poesía, cuento y novela; también escribe para revistas culturales en Guatemala y Latinoamérica. Tiene una columna de música y una debilidad por la cerveza, el mar y los tacos. Es egresado de la Academia Culinaria de Guatemala. Instagram: @pablobromo

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