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Bourdain, los pasaportes sellados y la poesía gastronómica

Bourdain, los pasaportes sellados y la poesía gastronómica

Estoy recostado en la cama a punto de salir hacia el trabajo cuando recibo el mensaje, la guacalada fría, el columbograma trágico con noticias desde esa dimensión fría de la galaxia donde se esconde la muerte y sus sombras. El mensaje dice que el chef Anthony Bourdain murió hace unas horas y tengo que apresurarme a hacer los textos para editar un video que publicaremos en redes sociales.

Rápidamente busco en internet y me doy cuenta que fue suicidio. Pienso en Asia Argento –su novia de los últimos meses con quien se veían de una felicidad inmensurable que me hizo volver a creer en el amor, el tiempo y sus misterios–. También pienso en su hija y, por último, en todo lo que le aprendí al leer sus libros –en especial “Kitchen Confidential” y “Medium Raw”–. También pienso en lo que aprendí al ver sus programas, sobre todo “No Reservations” que me lo veía con entusiasmo y con esas ganas que te inundan cuando ves a un tipo comiendo, bebiendo y viajando por el mundo con una camiseta de The Sex Pistols o The Ramones.

Si algo puedo decir de Bourdain, este chef punketo con el corazón en la mano, es que me inspiró como pocos. Pasa que la comida, la poesía y el amor siempre van de la mano. Es una ecuación ineludible. Sus tentáculos alcanzan hasta al corazón más abatido y lo llenan de tantas cosas hermosas. Son como arrullos de ternura, sobre todo.

Pues Anthony Bourdain utilizaba esa ecuación con mucha elegancia. Era parte de su tripleta eficaz en cada uno de los programas que produjo, ¡porque ojo!, Bourdain no solo era presentador de televisión sino más bien un investigador profundo a quien le apasionaba la comida del mundo. Cada episodio de sus series era un desafío y un descubrimiento. Era mostrarle a la humanidad que la comida es poesía y amor. Y que además, siempre ha estado allí, mucho antes que nosotros y de lo que imaginamos. Y que los hábitos de sobrevivencia de la raza humana también tienen su delicadeza, su gusto, su magia y sus delicatesen. Todo un ritual, esto de llevar alimentos restaurados y creativos a la boca.

Pues eso de descubrir los mejores platos, los personajes más insólitos y los lugares menos pensados le salía muy bien a Bourdain y hasta era envidiable/admirable. Por eso su deseo de viajar hasta los rincones más recónditos para indagar en la cultura e ingredientes locales para mostrarlos al mundo era algo único. Digamos que él y su equipo eran una especie de antropólogos intergalácticos descubriendo las verdades culinarias de un planeta lleno de regalos culinarios, porque así hay que ver al producto y al ingrediente: como un regalo. Y eso, Bourdain lo tenía en mente todo el tiempo. Era su prioridad junto a la convivencia del ser humano con su entorno. Nunca lo olvidó y nos lo transmitió como ningún otro cocinero.

La verdad, es que Bourdain era un embajador de la gastronomía de todo el mundo. Un conocedor único y privilegiado. Un héroe irreverente que salía frente a la cámara con una “resaca del demonio” y luego se tomaba una cerveza de un solo sorbo para que no lo alcanzara “la pálida”. Luego paseaba por playas, saludaba a gente, entraba a los mercados, olía los vegetales y hasta saboreaba los animales recién muertos; después probaba todo, comía en comedores de suburbios perdidos y hasta cocinaba en los patios de recién conocidos. También maldecía todo el tiempo, criticaba, se enamoraba de la sonrisa de una niña, se sorprendía frente a un paisaje y dejaba ver mucha ternura en una sola mirada.

Para mí, el mejor storyteller culinario. Un poeta gastronómico. Mi inspiración desde que decidí estudiar cocina y escribir sobre temas gastronómicos.

No sé. Su muerte me deja frío y taciturno. Un poco distante y devastado. Con ganas de un abrazo o un asado con amigos o pareja que dure todo el fin de semana.

Presiento que su felicidad no era algo mesurable en una decisión imprevista que muchos catalogaron de temeraria. Va más allá de eso. Es algo a lo que le das vueltas y vueltas en la cabeza a través de los años o toda una vida. Te saluda por las mañanas, te besa la frente por las noches y a veces se queda más tiempo en días difíciles. El suicidio siempre es una opción, y a veces, aunque no parezca, puede ser la más valiente de todas. Esto me recuerda a algo que escribí sobre Chris Cornell y los suicidas en mi columna de música en Esquisses hace un par de años.

Pero bueno, supongo que solamente uno sabe realmente qué es lo que pasa dentro. La felicidad no tiene nada que ver con fama, viajes, lujos, dinero o amor. La felicidad es algo más profundo que llenar pasaportes, cuentas bancarias y sonrisas cómplices frente a millones de televisores.

La felicidad es un misterio y algo efímero como una buena receta.

Adiós, mi querido Bourdain. Nunca olvidaré esas madrugadas intensas viendo programa tras programa y conociendo el mundo a través de tus ojos de cocinero y viajero. Me inspiraste a la gastronomía, y estudié gastronomía. Me inspiraste a escribir de comida, y escribo sobre gastronomía. Me inspiraste a escuchar más punk, y eso escucho muchas veces. Me inspiraste a probar platos sin prejuicios, y eso hago cada vez que puedo. Me inspiraste a viajar, y para eso estoy ahorrando.

Seguramente te encontraré en aquel plato de fideos de ese comedor en Laos o en aquella playa de Vietnam que me inspiró a escribir un cuento que publiqué hace algunos años.

Adiós, Bad Boy Chef. Te recordaré flaco, alto, con tatuajes punks y con el pelo blanco bien recortado. También te recordaré viajando, comiendo, silbando e inspirándonos. ¡Gracias por tanto!

Escrito por:
Pablo Bromo

Escritor, editor, chef y comelón. Ha publicado varios libros entre poesía, novela y cuento; también escribe para revistas culturales en Guatemala y Latinoamérica. Tiene una columna de música y una debilidad por la cerveza, el mar y los tacos. Instagram: @pablobromo

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