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Chichoy: el recuerdo de una amistad entrañable.

Chichoy: el recuerdo de una amistad entrañable.

logo_Chichoy: el recuerdo de una amistad entrañable.
  • Km. 78 Carretera Interamericana, Chirijuyú.
  • 52197092
  • Visitar sitio web
  • Lunes a viernes: 6 AM a 9 PM

Encuentro con la familia Cristal y su amoroso sentido de la hospitalidad.

Nos levantamos de madrugada para visitar a Efraín Guitz, quien nos contará el origen del restaurante Chichoy. Nos tocó una de esas mañanas prístinas del altiplano que hace vibrar los colores y el mundo parece recién creado.

En lo alto de una colina, divisamos varias casitas salidas de un libro de cuentos, en medio de prados floridos y campos sembrados de hortalizas. Al fondo, se podía vislumbrar el Lago de Atitlán y la férrea presencia de esos volcanes que parecen guardianes de la Tierra.

Don Efraín nos espera en una de esas casitas. Venimos acompañados de Amalia Muchuch Cutzal, nuestra serena anfitriona, propietaria del restaurante Chichoy quien vino armada con un desayuno campestre para agasajarnos.

La espectacular vista.

Empezamos la conversación con el recuerdo de cinco amigos alemanes que llegan a Guatemala antes de la Primera Guerra Mundial en busca de oportunidades. Uno de ellos Federico Cartens compró una fracción de tierra justamente en la vecindad. A lo lejos se puede vislumbrar la casa que él construyó. Más tarde nos acercamos a aquel lugar mágico donde todavía existen los deslumbrantes estanques que él pretendía convertir en un sembradío de peces.

Los amigos pronto se ven forzados a volver a su patria para incorporarse al ejército alemán: había empezado la guerra. Años después, Federico Cartens volvió casado con una mujer alemana. Su finca no prosperó; tampoco su matrimonio, pues su mujer murió de cáncer. Así las cosas, él pidió a los habitantes la casa que hoy nos acoge que su hija Mercedes lo ayudara con la limpieza y la cocina. Pronto se enamoraron y se casaron. Tuvieron un hijo al que pusieron por nombre Fredy.

Federico Cartens conoció a Paulino Jarquín quien lo contrató para trabajar con él en Katok, su restaurante.

Cuentan que era muy buen anfitrión y logró levantar la clientela. Esto lo hizo pensar en abrir su propio restaurante. Muy lejos de allí, un niño llamado Pedro decidió escapar de su hogar en Totonicapán. Caminó casi 50 kilómetros hasta llegar a Tecpán, donde consiguió empleo con una familia local. Con el tiempo, esta familia lo adoptó dándole su apellido: Cristal.

Pedro Cristal iba a la escuela en Tecpán, al igual que Fredy el hijo Federico y Mercedes. Los dos muchachos se hicieron amigos tan entrañables que Pedro pasaba más tiempo en el restaurante Chichoy que con su familia.

Ya empiezan a cocinar el desayuno y el ambiente se torna brumoso con el humo de la leña. Don Efraín se convierte en una silueta recortada a contraluz.

Efraín Guitz.

Cuando llegó la violencia, asesinaron a Fredy. La pérdida fue devastadora. Poco tiempo después, Federico también fue asesinado en su propio restaurante. Estas muertes trágicas hicieron que Mercedes cerrara el restaurante en 1981.

En 1983, ella regresó a Tecpán a visitar a su familia. Muchas mujeres habían perdido también a sus maridos durante la guerra. Eran 70 viudas como ella y le propusieron que juntas abrieran de nuevo el restaurante. Así, todas podrían sobrevivir. Mercedes se animó y les propuso otras alternativas: venderían artesanías tales como tejidos, bordados, muñecas, canastos. Trabajaron arduamente para reabrirlo.

Pero la decepción fue grande cuando nadie entraba. Los pocos automóviles que pasaban no paraban. Entonces, decidieron colocar en el techo una manta: ¡Ayúdennos! Somos viudas. Aquel clamor hizo que el restaurante fuera conocido como el café de las viudas.

El desayuno está servido. Nos servimos humeantes frijoles piloyes, tortillas calientitas con queso fresco, crema y un oloroso café. Un banquete que sabe a gloria porque huele a leña, porque estamos en medio de un paisaje de privilegio y… tenemos frío.

Cuando Mercedes decidió reabrir el restaurante, Pedro Cristal se convirtió en su mano derecha y cuando ella enfermó seriamente, la cuidó como si fuera su madre. Cuando el momento llegó, decidió venderle el restaurante.

Amanda Muchuch es originaria de Comalapa, hija de un empresario de transportes. Se casó con Pedro Cristal y juntos convirtieron el restaurante Chichoy en una próspera empresa que pronto abrió un segundo local. Además de apoyar a su marido, Amalia criaba a sus cinco hijos: Jacqueline, Amarilis, Neisy, Fredy y Libny. Cuando Pedro Cristal murió en un accidente automovilístico, Amalia tomó las riendas del negocio.

«La vida me hizo empresaria», afirma con su mirada tranquila.

Fredy (su hijo lleva el nombre de aquel amigo entrañable de su padre) emprendió la labor de remodelar uno de los restaurantes y hoy, la familia Cristal intenta una nueva etapa: cada uno de los hijos ha asumido una función de importancia dentro de la empresa. Quieren estructurarla como un moderno emprendimiento y crecer.

Tortillitas recién tostadas.

Cuentan ya con varias habitaciones de hotel, cómodas e impecables. Pero su visión es mayor: Tecpán no debe ser un destino de paso. La gente debe quedarse a pasar la noche o bien, ¿por qué no?, vacacionar por varios días. Convertir Tecpán en un destino turístico es el sueño que titila en su horizonte.

¿Y qué tienen para ofrecer? Para empezar hospitalidad y calidez. Pero además el lugar ofrece platillos que la gente busca con fidelidad: un caldo de gallina delicioso, conejo asado, el suculento estofado local y los tradicionales pies recuerdo de Federico Cartens. Por cierto, los melocotones envasados en el restaurante Chichoy son espectaculares. Como parte del nuevo enfoque, están emprendiendo una nueva aventura: platos gourmet con inspiración en la cocina ancestral de Guatemala. Cosas como trucha con salsa de jocón o pato en pepián.

La familia Cristal es (de muchas maneras) un ejemplo. Pero quizá lo que me gustaría resaltar es cómo una empresa familiar puede convertirse en un legado generacional cuando hay inspiración, trabajo y, sobre todo, la solidez del amor.

Familia Cristal Muchuch.

He disfrutado con plenitud una semana en tierras tecpaneras. Su gente me enseñó que la gastronomía de un país, se construye a base de legados entrañables conservados por familias que los valoran. Estos legados son fruto de las migraciones y sus nostalgias, de las memorias, de la historia, a veces trágica, del esfuerzo, la perseverancia y, sobre todo, esa reverencia que todos los habitantes del planeta prodigamos al acto de comer.

Escrito por:
Carol Zardetto

Carol Zardetto, escritora guatemalteca. Su primera novela, Con Pasión Absoluta, ganó el premio centroamericano Mario Monteforte Toledo (2004). La autora escribe artículos literarios y políticos. El discurso del Loco, cuentos del Tarot, es su segunda obra publicada (2009). También realiza documentales, dentro de los cuales “La Flor del Café” fue nominado finalista en el Festival de Cine Centroamericano, “Icaro” (2010). Ha elaborado guiones para programas de televisión tales como el Sabor de mi Tierra y Entrémosle a Guate. Ha sido invitada a múltiples festivales, encuentros de escritores y ferias del libro tales como Metropolis Bleu y la Feria Internacional del libro en Guadalajara. Su peculiar biografía incluye actividades tan disímiles como la diplomacia, ser consultora en el combate a la corrupción y Viceministra de Educación. Actualmente ha finalizado la creación del libreto para la primera ópera guatemalteca, Tatuana, un tributo a la búsqueda de la libertad y del propio destino por la mujer.

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