fbpx

El Paredón: La posibilidad de hacer las cosas bien

El Paredón: La posibilidad de hacer las cosas bien

Texto por Julio Barrios

Fotografía por Jorge Lara

Gracias al apoyo de: TIGO

 

Salimos antes que el sol. Los viajes que empiezan de noche son emocionantes para mí. Emprender el viaje mientras todos duermen y romper la rutina. Avanzamos rápidamente por la autopista hacia la libertad de la playa. De hecho, a una muy especial que se llama El Paredón. Se trata de una comunidad pequeña en el municipio de Sipacate. Hasta hace pocos años era un perdido pueblo pesquero, situado entre el manglar del canal de Chiquimulilla y el océano Pacífico. Un lugar perdido entre la decadencia del olvido y la gracia del aislamiento.

El Paredón tiene una de las mejores playas en Guatemala para surfear. Desde hace más o menos cinco años, ha empezado a darse a conocer. Poco a poco, fueron llegando extranjeros que se encantaron por la belleza natural de Guatemala. Me imagino que los primeros fueron unos extrovertidos surfeadores que, en su desenfrenado amor por las olas y el mar, viajan de costa en costa, sin importar las comodidades, buscando la ola perfecta, siguiendo las tormentas y los humores del océano. Algunos se fueron quedando, seguro los más veteranos, pues lograron ver aquí un diamante en bruto. Quizá también comprendieron que con sus ahorritos podían vivir frente al mar, sentir las temporadas pasar con sus tormentas, quizá violentas, pero con un clima generalmente benévolo. Calorcito todo el año. Se fue corriendo la voz y esa paz (que quizá puede llegar a ser tediosa), se fue quebrando. Cada vez llega más gente a pasar un fin de semana, o una semanita o alargarlo por varios meses. No es una historia nueva, cuántas veces hemos oído cómo era Monterrico hace 15 años o Pana hace 20. Pero lo que sí es una historia presente, es que El Paredón está en su punto. Suficiente gente para pagar condiciones cómodas, pero no tantos como para anular el gozo de la naturaleza.

Vivir en un lugar no garantiza conocerlo. De hecho, lo que más cerca tenemos es, a veces, lo que menos apreciamos. Es más fácil irse lejos, esforzarse por encontrar el paraíso más allá del horizonte. Lo cierto es que no nos damos cuenta lo que está frente a nosotros.

Fuimos invitados por Pablo y Sofía, fundadores del proyecto Étnica, que busca empoderar a distintas comunidades en actividades locales que produzcan liderazgo y crecimiento económico. La idea es que surja desde adentro, que sea incluyente. Por supuesto, una de estas actividades centrales para lograrlo es el turismo comunitario.

Étnica enlaza a varias comunidades de Guatemala y colaboran con sus organizaciones locales para brindar experiencias turísticas de inmersión (por ejemplo, tejedoras de San Antonio Aguas Calientes Sacatepéquez o pintores en San Juan La Laguna). Estas actividades permiten a los turistas conocer y colaborar en las comunidades. En el caso de El Paredón, Étnica está enfocada en apoyar el turismo comunitario mediante la capacitación de guías locales para que puedan participar en el desarrollo que genera la incipiente industria hotelera y las crecientes olas de extranjeros.

Nos encontramos en Café Caguama en la entrada de El Paredón. Se trata de una pequeña casa playera. En la entrada hay un pizarrón que anuncia los platos del día: ceviche, tortilla española… tablas de surf de diferentes tamaños descansan empanizadas en arena como decorado central. Pablo y Sofi me reciben con una enorme sonrisa. Es la emoción de compartir algo hermoso con alguien que lo experimenta por primera vez, el goce de ver a un niño maravillarse por el novedoso mundo. Ahí también me introducen a Juan Manuel (Meme) que representa ABIMA (Asociación de Biología Marina) en El Paredón y uno de los enlaces de Étnica.

Me explican que Café Caguama es parte del esfuerzo de traer proyectos productivos que incluyan a la comunidad. Este es un lugar de reunión que sirve para organizar actividades de capacitación, talleres e incluso fiestas que sirven para financiar proyectos. La idea es hacer de El Paredón un lugar con varias ofertas para los turistas: cafés, restaurantes, paseos en cayuco dentro del mangle, pesca artesanal, clases de surf, etc… lo importante es que todo está pensado en incluir a la comunidad y evitar que los turistas se queden solamente en el hotel. Crear una comunidad abierta en la que la gente se encuentre en las calles, que se convierta en un pueblo vivo pero tranquilo. Que los beneficios del turismo se distribuyan también entre los locales. El apasionado discurso es interrumpido por Giovanni, nuestro guía comunitario que nos llevará a conocer el mangle.

La calle principal de El Paredón corre paralela al mar y se corta por el canal. Desde el embarcadero, se mira la maraña de manglar desde donde alguna garza blanca nos observa abordar y emprender camino en las calmas aguas. Mientras el motor ahoga nuestras palabras, aprovecho para llenarme los ojos de los diseños perfectos de la naturaleza. De un lado tenemos el mangle y del otro el mar. Por un lado las profundidades verdes de estos bosques anfibios, por el otro el mar con su azul absoluto.

Mientras avanzamos zigzagueando (incluso debemos bajar una vez, con el agua en la cintura, para empujar la lancha), Giovanni me cuenta que le gusta mucho trabajar con turismo. La pesca por aquí es dura, tienen que salir al menos dos noches y dos días. A veces, no sale ni para pagar el costo de la lancha. Como todo buen marinero, tiene historias de sobrevivencia. Cuenta que su lancha fue hundida en media tormenta por un gigante. Yo me esperaba escuchar de alguna ballena legendaria y, sin embargo, el gigante era un barco mercante que, seguramente iba en piloto automático y sin preocupación.  La embestida lanzó a Giovanni y su compañero al mar, perdieron la lancha y se quedaron varados bajo la lluvia, donde estuvieron entre flotando y rezando, por seis horas. Al amanecer, encontraron un recipiente plástico en el que llevaban los objetos que no se pueden mojar.  Al menos encontraron sus cigarrillos y se quedaron fumando hasta que los llegaron a rescatar.

El barco se detiene y se deja llevar lentamente por la corriente. Los vivos ojos de Meme saltan de un lado del canal al otro. Yo sé que busca algo. Entonces, logro ver lo que busca: una cabeza del tamaño de un coco asoma a tomar aire y desaparece de nuevo bajo el agua. Antes de atinar a formular una pregunta, Meme dice que son tortugas. Llegan aquí para aparearse. Este es un ecosistema poco repetido en el mundo: se trata del estuario conocido como La Poza del Nance. Aparte de su gran diversidad biológica, este es el hogar durante el año entero para las tortugas negras (chelonia agassizi), animales gigantes que pueden llegar a pesar hasta 200 libras. Hay pocos estuarios como este en el planeta.

Meme me explica que el manglar es un tipo de árbol que conforma un ecosistema sumamente importante para la salud del mar. Aquí se cría hasta el 80% de los peces que luego irán a vivir al océano. Es hogar de todo tipo de vida: desde la macrobiótica, hasta la de grandes mamíferos y reptiles como el caimán. El mangle también desaliniza el agua y evita que penetre el manto freático. El mangle sostiene la playa para que no se la trague el mar.

A un ritmo vertiginoso y con los ojitos bailando del entusiasmo, va contando lo valioso de este ecosistema, lo rico de la biodiversidad en Guatemala y, sobre todo, su amor por el mar y todos los seres que lo habitan. Las tortugas continúan, una por una, sacando las cabezas fuera del agua para respirar. Los camarógrafos se vuelven locos, intentando adivinar dónde saldrá la próxima para atrapar una foto. Yo escucho a Meme, a Pablo, a Sofía y a Giovanni. Cada uno de ellos es también un espécimen de este ecosistema, jugando cada uno su papel, pequeño pero esencial. La lucha es por proteger la sobrevivencia del todo.

Luego de haber nadado en el canal con todo el gozo que eso significa, estamos de vuelta en el pueblo. Vamos a probar la gastronomía local. Nos decidimos por dos de los comedores más antiguos de El Paredón: los negocios de Doña Yoli y Doña Sandra. Vamos primero a donde Yoli para almorzar. Nos sentamos en una mesa de madera. Rápidamente llegan las cervecitas bien frías, mientras nos disponemos a escoger entre las delicias del mar que tan a gusto nadan en una barriga llena de cerveza.

Las opciones son las clásicas: ceviche, camarones al ajillo, pescado del día al gusto, caldo de mariscos. Pedimos un poco de todo y brindamos. Lo primero que me llama la atención es la casa de Yoli, desde donde manejan el restaurante. Está llena de mujeres, familiares y vecinas. Pablo y Sofi me explican que, comúnmente, se asume que el trabajo de la pesca es sobre todo masculino. En realidad, aquí toda la familia colabora con la economía, por lo tanto, todos participan en la pesca. Las mujeres no salen a pescar en altamar, pero pescan con atarraya en el canal o buscan moluscos.

Conforme la economía de El Paredón evolucione para convertirse en una economía basada en el turismo, quedarán menos opciones de empleo fuera de los hoteles. Por eso, Étnica está esforzándose para incluir a las mujeres en sus proyectos de capacitación. Así, ellas podrán tener sus negocios (como el restaurante de Yoli) de forma independiente, dando solidez a la microeconomía familiar.

Me cuentan que Yoli comenzó siendo empleada de uno de los primeros hoteles del pueblo. Poco a poco, se fue dando cuenta que ella podía dar los mismos servicios. Se organizó con sus vecinos para tener parqueo y espacio para las mesas y se lanzó a ser empresaria. Este es el tipo de resultado que busca Étnica para El Paredón: una comunidad sana que se beneficie directamente del turismo. De hecho, los turistas salen también beneficiados con una comunidad abierta, donde pueden compartir con los locales, donde no tienen que encerrarse en un hotel. Aparte, entre más sana esté la comunidad, habrá menos presión sobre los recursos naturales.

Cuando llegan los platos, todos caemos en el hambriento silencio que trae una buena comida. Vilma, la cocinera, nos mira con orgullo mientras todos nos deleitamos en los mariscos bien frescos. Doña Yoli, con una gran sonrisa en su rostro, nos agradece. Dice que para ella lo más lindo de un restaurante es ver a sus clientes comer con gusto.

Le dimos una pausa a nuestra misión de aprendizaje para dejarnos llevar por el mar. La playa estaba llena de surfistas que, hipnotizados, entraban una y otra vez batallando con la marea por el placer de estar suspendidos unos segundos dentro del vientre acuático de una ola. Daba gusto ver cómo retan las leyes de los terrícolas con su gracia sobre el agua, solamente comparable a la de los pelícanos que sobrevuelan la escena.

Dejamos que el sol cayera mientras nos alternábamos entre el calor de la arena y la fresca tibieza de nuestro Pacífico tropical. Cayó la tarde y me cuesta creer que este espectáculo luminoso se repite todos los días.  Me siento tentado por esta vida de vagabundo de playa, ¡qué más se podría desear! La noche se aparece, acompañada de una sabrosa tormenta tropical.  Con furia de diluvio cae la lluvia durante algunas horas. Una lluvia tibia que nos hace buscar refugio a la vez que nos llama para que nos dejemos empapar.

Nos encaminamos entonces al comedor de Sandra dónde, por el deber que tengo con esta producción, tuve que sacrificarme para seguir degustando los frutos del mar. Afortunadamente no me faltaba motivación. El comedor abre desde muy temprano y sus hijos se alternan para ir atendiendo y cocinando. Sandra se acerca y nos cuenta que, para ella, el gusto de su restaurante es el reto de la cocina. Dice que es perfeccionista y siempre quiere aprender nuevas técnicas. Nos cuenta que está feliz de ver el pueblo crecer y que tiene mucha esperanza. Entre más turistas vengan, más oportunidades para todos, aunque sus hijos no son de los que se quedan esperando las oportunidades, afirma. Su hija, Gaby, que también nos acompaña, cuenta que ella tiene dos trabajos y estudia los fines de semana. Tiene una personalidad que desborda energía, es una luchadora.

A pesar de lo delicado de los ecosistemas, lo difícil de la economía, los problemas de la vida y en fin, hay razones para tener esperanza. Muchos jóvenes de la localidad están interesándose por el surf. Unos ya son instructores, lo que no solamente les da su dinerito, sino que también les abre oportunidades increíbles para conocer otros lugares. En fechas recientes, un joven local fue becado en Japón gracias a su habilidad como surfista. Otros jóvenes, como Gaby, se involucran activamente en las actividades de ABIMA, lo que también les abre puertas y amplía sus perspectivas. Jóvenes como ella pueden valorar la riqueza y potencialidades de su comunidad.

Llega la sierra a la plancha. Está muy fresca y cocinada en su punto… para lamerse los dedos. Sandra es una mujer fuerte que le ha enseñado a sus hijos a ser esforzados y a trabajar con gusto. La sierra es la mejor testigo, pues se siente que fue trabajada con cariño y destreza, fruto de este ecosistema humano donde no faltan esfuerzos. Veo su delgado cuerpo sobre el plato y la honro. Hoy servirá de alimento a otro enamorado del mar.

 

 

Escrito por:
Julio Barrios

Viajero de vocación, camino por el mundo coleccionando y repartiendo historias.

Ver otras publicaciones de Julio Barrios