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¡Chocolate, chocolate! ¡2 Quetzales, 2 Quetzales!

¡Chocolate, chocolate! ¡2 Quetzales, 2 Quetzales!

Un niño, fudge dulce y mucha cocoa en polvo

 

Cuando Bob tenía seis años, no sabía que descubriría al amor de su vida en una cocina de Arizona. Su mamá, quien lo dejó a solas por un momento frente a la estufa, fue quien le enseñó que hay errores en la vida que pueden arreglarse sin preocuparse tanto. Uno de ellos: caramelizar azúcar por demasiado tiempo.

Bob, con su acento sureño de Estados Unidos, nos cuenta que fue así cómo empezó su historia con el chocolate. «Por error… por accidente… conocí que el fudge o dulce de azúcar se puede seguir suavizando si se le añade leche». Lo que parecía un error, resultaba ahora el truco de magia más sorprendente que su mamá le había regalado. Dos años después, Bob ya era respetado en su familia por hacer los mejores dulces de chocolate. Además, ya formaba parte de ese 92% del mundo que come este elíxir y, de ese tan preciado 15% de personas que comen chocolate todos los días. Y no hizo más que eso: comer y comer chocolate durante toda su adolescencia mientras preparaba fudges para su familia y amigos.

Pero el destino le estaba preparando una sorpresa en Guatemala. Y esta le cambiaría la vida de nuevo.

Emprendimientos, Panajachel, Kathy y una Combi

 

Antes de llegar a Guatemala, Bob ya había vivido en Francia y Marruecos a sus apenas 21 años. Pero Guatemala lo recibió con textiles, pulseras y fajas de muchísimos colores con las que emprendió un negocio de compra-venta a clientes del suroeste de Estados Unidos. Así pasó un año entero –seis semanas compraba en Totonicapán, Chichicastengo, Panajachel y seis semanas vendía todo en Estados Unidos–. Era el año 1980 y la guerra interna estaba en su explosión al igual que sus ganas por seguir haciendo chocolate fudge. Al respecto, Bob nos cuenta que «siempre el último día, antes de irme a los Estados Unidos hacía fudge y salía a venderlo en las calles de Pana diciendo “¡chocolate, chocolate! ¡5 centavos, 10 centavos, 25 centavos!” para sorpresa, lo vendía todo… Y en menos de media hora». Así, se fue dando cuenta que el paladar guatemalteco tiene ese registro impregnado en el paladar, y que, a pesar estar invadidos por multinacionales que acaparan el mercado. El chocolate artesanal es bien recibido.

Bob contándonos su historia.

«A la gente le gustaba mucho, las vendedoras me pedían la receta, pero no se las daba…», nos cuenta Bob receloso de compartir su receta. Luego añade: «La perfección no es un destino, sino un camino». Esto nos saca unas risas de asombro por la sabiduría de Bob a 38 años después de sucedida esta anécdota. Además, nos asegura que por 1980 él preparaba su chocolate fudge con cocoa en polvo que traía desde Estados Unidos. «Nadie sabía en esa época que Guatemala tenía un chocolate increíble… eso lo descubrí hasta años después», nos dice con un español todavía imperfecto.

Así, nos continúa platicando sobre diferentes anécdotas y, cómo en 1989, decidió dejarlo todo para venirse a vivir a Panajachel permanentemente. El viaje lo hizo desde Estados Unidos pasando por México en una V.W. Combi junto a su novia Kathy, de quien nos dice «era una buena señorita… nos queríamos mucho… yo cocinaba, ella lavaba… era una relación perfecta y ella una mujer fantástica».

Pero la vida en Panajachel sería muy distinta. Ambos, estaban empezando un emprendimiento de bordado de camisas con un tercer socio. Bob tenía muchísima experiencia con la gente y, además, sabía de fijación de hilos de bordado, materiales locales, conocimientos del mercado, trato con la gente, etc. Pero después de seis semanas, el socio desapareció y nunca les pagó nada.

Bob y Kathy se encontraron una tarde –sin comida y sin trabajo–. Lo único que tenían en la cocina era coco, miel y choco chips que traían de Estados Unidos. Entonces Bob, recordando su experiencia, tostó el coco, caramelizó la miel y templó el chocolate. Lo puso a congelar, esperó un rato, lo sacó, lo cortó en trozos, lo metió en un canasto y salió a venderlo para comprar comida.

Chocolate trabajado de manera artesanal

«¡Chocolate, chocolate! ¡2 Quetzales, 2 Quetzales! –decía Bob a media Calle Santander mientras la gente lo veía de reojo. Cuando empezaron a comprarle, abrió el canasto y se dio cuenta que todo estaba derretido por el sol del mediodía. «¿Qué hago?», se preguntó mientras salió corriendo al restaurante de su amigo Sergio para pedirle que por favor le prestara su refrigerador para meter los chocolates derretidos. Sergio, riendo al verlo, le dijo que los chocolates no cabían en su congelador pero que le compraría uno.

Al probarlo, Sergio le dijo: «Esto es bueno», a lo que Bob le respondió: «Gracias». «¡No, Bob, esto es realmente bueno!». «Realmente, gracias», le respondió Bob desanimado al mismo tiempo que Sergio le pidió que dejara los chocolates en el restaurante para intentar venderlos con sus clientes. Entonces Bob dejó todos los chocolates con la vergüenza de regresar a Kathy sin canasto, sin chocolates y sin dinero.

Después de un par de horas, Bob regresó al restaurante y para su sorpresa, Sergio lo estaba esperando con una cantidad de billetes en mano y con el deseo que hiciera chocolates para vender el próximo día. Así fue. Bob fue a comprar más ingredientes con el dinero ganado, volvió a casa y se puso a cocinar lo que tanto le apasiona. Los primeros se habían vendido en 30 minutos, así que si seguía en ese camino, lograría vender suficientes.

Al siguiente día los vendió en 20 minutos. Y al tercer día, en 10. Después de esa semana, le empezaban a pedir chocolates en otros restaurantes. Al parecer todo iba bien y empezó a vender en el mercado, en la calle y más locales. Después de un tiempo, Bob hacía el triple de chocolates y no se daba a vasto, hasta que abrió su primera tienda de chocolates en Pana. Al contarnos esto, una emoción nos inunda y casi nos saca las lágrimas. Nos damos cuenta que estamos frente a un verdadero artesano del chocolate. Un Willy Wonka más humano y susceptible. Luego para catapultar nuestros sentimientos nos dice, «y así fue como empezó mi negocio del chocolate… puro accidente», al mismo tiempo que nos ofrece probar el chocolate que lleva la receta original y al que él llama Kathy. Lo probamos y suspiramos. ¡Una verdadera delicia!

Sigue leyendo: Ixcacao y el corazón generoso de Bob Chocolate

Escrito por:
Pablo Bromo

Escritor, editor, cocinero y comelón. Ha publicado varios libros entre poesía, cuento y novela; también escribe para revistas culturales en Guatemala y Latinoamérica. Tiene una columna de música y una debilidad por la cerveza, el mar y los tacos. Es egresado de la Academia Culinaria de Guatemala. Instagram: @pablobromo

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