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La cita

La cita

Lo pienso, imagino sus bordes sinuosos y blandos, suspiro. La elección es difícil, el ritual epicúreo de todos los jueves en los que me quedo sola siempre me emociona.  Rápida y brevemente deslizo mis dedos por la pantalla un poco abrumada por la multitud de opciones que son un festín para los sentidos. Es en esa mecánica y apática caricia a la pantalla que por fin lo veo, contengo la respiración, está allí me cautiva la atrevida propuesta por momentos tan técnica.

Me muerdo el labio inferior, en una mueca que conservo desde siempre. Cuando se trata de elegir la cita hay una prisa autoimpuesta, la adrenalina de lo nuevo. De imaginar las posibilidades, el potencial servido y elegido por y para mí. Decido, lo toco, lo veo en mi mente, imagino las manos hábiles salteando todo lo que menciona la descripción y sonrío.  Lo elijo, lo siento con las yemas de los dedos, las ansias… ya sé que será mío.

Una vez confirmado el encuentro, elegidas las combinaciones de sabores, perfumes, colores y formas me emociono. Mi mente expectante imagina el feliz encuentro, mi estomago se contrae con el vuelo débil de las mariposas carnívoras y juguetonas.

Llega la esperada confirmación, 30 minutos dice la voz en el teléfono, sé que me miente, pero decido hacerme la paciente y creerle. Agradezco, cuelgo, trago saliva. Viene ya en camino, la espera valdrá la pena. Me veo en el espejo, cuestionando la imagen ¿este encuentro merece peinar mi enmarañada cabeza colocha? ¿Cambiar el pijama quizá?

Llega cuando no me los espero, cuando decido que ocupar mi cabeza en el libro que deje a medias es una mejor idea para dejar en paz el reloj. Resuena en mi cabeza casi una hora después la voz nasal de la mentirosa que ofreció media hora de espera para mi efímero gustito, que tiene aire de prohibido simplemente porque no se concibió para uno, pero hoy es solo para mí.

Mentalmente hago un chequeo de las glándulas salivales, esófago feliz resbaladero, el estómago elástico recipiente de gurmand de medio tiempo. Muerdo suavemente mi lengua, torciendo los labios en una mueca, muy contenta de que todo el aparato deseante esta óptimo.

Ruidos, pasos apresurados, escucho en silencio, por fin aquí. Me acerco titubeante a la puerta y recibo la entrega quizá con más entusiasmo del que debería. Las mariposas están muy atentas, me emociona el sonido de las bolsas y los empaques que guardan delicadas delicias.

Las coloco en la mesa con cuidado, mi mise en place esperándome desde hace horas. Percibo los aromas y la tibia temperatura que irradian los paquetes como delatores del contenido, sonrío y me repito -solo para mí. Me acerco titubeante, trago saliva y destapo con frenesí. Me golpea el aroma, me sorprende el brillo, la visión suntuosa tan caramelizada deslizándose en el plato, lo veo… me ve. Nos preparamos para este tango sabroso y húmedo.

La primera mordida, casi un beso revoltoso. Su brillo coqueto me llama de nuevo, lo veo fijamente y lo devoro. El pedacito de cielo esperado y el pandemónium en mi boca, me felicito por la buena elección.  El brillo me seduce, sus formas que instigan a probar de nuevo, el perfume y el regusto al final invitan a volver a probar y saborear. El vaho delicioso y aromático, me embriaga, me marea la combinación. Le estampo un beso frontal, una mordida enorme y avorazada. Se escurre por las comisuras de mis labios, vuelvo a morder, me gusta.

El picante me toma por sorpresa, hormiguea en mis labios al sentir la mezcla atrevida y dulzona que juega con mi lengua. Sutiles sabores al inicio y vigoroso e inesperado final condimentado. Lo repetiría sin dudar, me repito a mí misma. Satisfecha, con la panza llena limpio la escena, la mesa revuelta, destruyo toda la evidencia que me pueden delatar. Sonriendo saco mi lista, pensando una vez más en mi cita del próximo jueves.

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Hotelera de profesión, inesperada maestra en finanzas, desde niña amante de los libros y el arte. Alma teatrera, aprendiz de actriz. Le gustaría que el cielo le conceda tiempo suficiente para ser una comidista más irreverente y mejor cocinera de amor y nostalgia.

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