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Un vibrante sentimiento

Un vibrante sentimiento

A un bello vitral de la Sagrada Familia se me asemejó. Sus colores vibrantes llamaron la atención de mis ojos que, en un momento, percibieron los naranjas, lilas, verdes, blancos, amarillos, rojos, cafés y morados. Estaban dispuestos a rebozar en una amplia ensaladera azul. Pero a diferencia de los vitrales de aquella catedral, estos no eran cristales sino vegetales y embutidos radiantes, brillando al contraste de la luz.

Contenerme para probarlos no fue una opción. El hechizo de mi abuela ya había surtido efecto, y pronto me vi degustando la primera cucharada de sabores infinitos, dulces, tersos y avinagrados.

Recordé entrar a su casa, con el patio en el zaguán. El aroma de los caldos hirviendo en el fogón, el olor del queso duro, las cebollas en conserva y los rábanos —ya lavados y cortados, en forma de “flor”, “cruz” y “estrella”— listos para decorar.

Foto: Kenneth Cruz

María Chacón Vda. de Álvarez  fue cocinera, y  de la cocina se ganó la vida. Siendo zurda, tenía la habilidad de decorar un pastel, hacer pastillaje o cortar verduras con ambas manos. Tenía el gusto en los labios y los ojos de un halcón para cuidar los más ínfimos detalles a la hora de emplatar. De los pocos bienes que tuvo, me dejó por herencia, y a través de mi madre, el amor a su oficio y el saber que las tradiciones culinarias unen a la familia. Así que en estas fechas tan especiales, como en el Día de Todos los Santos, ambas suelen aparecerse por mi cocina, dispuestas a incentivar mis sentidos.

Pruebo una segunda cucharada de aquel collage de recuerdos, jamones y embutidos, y el líquido amarillo del caldillo me hace fruncir la boca para apreciar todo su rugoso sabor …

Foto: Kenneth Cruz

Siento a las dos mujeres de mi vida al lado, susurrándome al oído la preparación:

«el caldo de pollo, las yemas de huevo, el sabor perfumado del jengibre, el laurel y tomillo. ¿Que si lleva vinagre? Seguro. Para curtir las heridas que a veces nos dejan los años. ¿Que si lleva mostaza? También. Quién no ha pasado por momentos un tanto ácidos y amargos. “Que no se te olvide la sal y la pimienta gorda”. “Que no se te olvide la miel para endulzar tu vida y la de los tuyos, pero, sobre todo, para pegarnos por siempre a tu lado”».

Echo un vistazo al platillo de fiambre elaborado en familia, a este vitral de color, percibo su aroma dulzón y pienso sin dejar de sonreír: «Seguro que están aquí. No me olvidé de la miel».

Este artículo es el ganador de la sexta semana de nuestro taller de escritura gastronómica, Profundamente humano: el acto de comer. Si estás interesado en  formar parte del taller, LLENA NUESTRO FORMULARIO AQUÍ.

Escrito por:
Julia Toledo

Cuando dicen que un libro te puede cambiar la vida, es cien por ciento verdad. Luego de leer Cien años de soledad, mi vida dio un giro inesperado. García Márquez me cautivó con el brillo de su prosa y la jocosidad de sus historias. Reconocí que escribir era un pendiente en mi vida, por lo que regresé a la universidad a estudiar una Licenciatura en la enseñanza de la lengua y la literatura. Pero las palabras no se conformaron conque las estudiara, aprendiera, y finalmente, las usara para expresarme. Me mostraron que sería más edificante si enseñaba a usarlas. Desde entonces, dejé mi profesión de administradora de empresas para dedicarme a la docencia universitaria, labor que desempeño desde hace más de diez años y que me apasiona por inspirar a otros a escribir.

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