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Travesía en en Pacífico

Travesía en en Pacífico

EL MAR

 

Era hora de ir al origen. Empezamos nuestro viaje después de un día caliente, en estas noches de flores mielosas con olor a verano, con temperatura de temporada de mango. Dan ganas de salir a tomar la luz de la luna, de devorar conversaciones y risas que se transforman en danzas… o viajes al mar.

Aunque el mar me sugiere aventuras y mi imaginación vuela a tiempos de mapas secretos y exploradores en grandes barcos con velas como nubes mecánicas que flotan sobre el agua, estoy agradecido de que nuestra aventura no será tan peligrosa e incierta como los viajes de los piratas. Aun así, siempre que se va en dirección al mar hay emoción. El corazón se acelera un poquito cuando sabe que estará frente al infinito… frente al horizonte misterioso que siempre es un camino.

Llegamos a Las Lisas, un pequeño pueblo pesquero asentado en una lengua de tierra separada del continente por el canal de Chiquimulilla. Del lado del canal, descansan las embarcaciones, conexiones vitales entre el mundo del mar y la tierra firme. Nuestra lancha se desliza suavemente frente a una casa grande y abierta, pescadores tejiendo redes, pescados de todos tamaños, nevados de sal, secándose al sol. Tal vez una niña colgando en una hamaca en la veranda nos mira. Ahí nos recibe Dora, mientras su padre Don Tulio (legendario pescador) teje una red, sereno mientras fuma de vez en cuando un cigarrillo.

Dora Marlene Cruz Castillo nos invita a entrar a nuestras habitaciones amplias y cómodas. Nos cuenta que ahora reciben turistas. Para mí esto es mejor que un hotel. Es auténtico y cómodo, como estar en casa. Dejo mis cosas y me dispongo a ir a ver el mar antes de que lo bese el sol. Dora me recuerda que tenemos que estar de vuelta antes del anochecer: para poder salir de pesca mañana, tenemos que atrapar la carnada.

Dora Marlene Cruz, pescadora en Las Lisas.

Trato de no pensar en lo que se siente ser carnada, una zambullida en el mar me hace recordar que todos nos atenemos al infinito azar.

Don Tulio tejiendo una red de pesca

NOCHE DE CARNADA

 

En la orilla del canal conocemos a nuestro capitán Elmer Díaz. Lleva pescando desde que tiene once años. Su embarcación se llama Elizabeth. Subimos a ella y salimos, partiendo suave- mente de las tranquilas aguas del canal. El canal de Chiquimulilla corre paralelo al océano Pacífico desde más o menos Puerto Quetzal hasta casi la frontera con El Salvador. Este canal, con ramificaciones laberínticas, donde bosques de manglares son la mansión y la cuna de vida acuática, anfibia, reptil, de mamíferos como nutrias (perros de agua), mapaches y zorros.

El canal, con su ecosistema manglar, es un amortiguador de las tormentas y evita que el agua salada penetre el manto freático de agua dulce subterránea. Es un cordón de compasión que abriga a las criaturas, (incluyendo a los humanos) del incansable asedio del mar, sus vientos y tormentas.

Manglares

El piloto sigue senderos invisibles para evitar los bancos de arena que se esconden bajo las aguas tranquilas, aparentemente inofensivas. Poco a poco, baja el rugido del motor hasta convertirse en un leve burbujeo. Regresan los sonidos de la noche y nos dejamos envolver por el manglar. Elmer silba suavemente en la obscuridad. Unos segundos y una respuesta de la noche. Sale una figura al lado de una pequeña lancha vacía: un hombre con agua hasta el pecho. Cuando estamos más cerca, el hombre nos sonríe. Es Milo, quién nos va a ayudar a pescar la carnada. De hecho, lleva ya varias horas aquí, en la obscuridad, con su atarraya. La lanza y la recoge, selecciona los camarones o algún cangrejo y devuelve a los otros pececitos, generalmente pequeñuelos que se están haciendo fuertes para ir al mar. La atarraya es como una telaraña. Busca atrapar bichos que se mueven invisibles en la obscuridad. Mientras la lanza, Don Milo nos cuenta que él es feliz en el canal. Aquí echa su atarraya, aquí está tranquilo. Trató de salir al mar, pero éste le negó la entrada. Lo convenció que no era para él.

La carnada. Camarones vivos para la pesca del día siguiente.

Sospecho que en la paz del canal, bajo la luz de la luna, al ritmo de la brisa con el agua deslizándose lentamente, su atarraya atrapando el azar de la corriente y marcando el paso, Milo medita y se vuelve parte de la noche.

DIEGO RUIZ Y LA MARINA

 

De regreso en la casa, luego de asegurar una docena de camarones para seducir posibles pargos lunares o quizá un atún de cola amarilla, Diego Ruiz se sienta a mi lado. Distribuye pescado con su empresa La Marina. Me acomodo en la hamaca y me cuenta su historia.

Diego Ruíz de La Marina

En esos momentos que uno busca un camino, un amigo cocinero lo invitó a ponerse la filipina y probar el trabajo de la cocina. Al final del día, se dio cuenta que no era lo suyo. Mientras surfeaba, pensó que para la cenita llevaría pescados frescos a su amigo cocinero. Fue un éxito y, poco a poco, los viajes al mar fueron menos para surfear y más para buscar pescado fresco.

Hace algunos años, cuando él comenzó a pescar, el atún local no era muy apreciado. Se vendía muy barato. Por consiguiente, no lo mantenían con mucho cuidado. En contraste, los restaurantes de la ciudad estaban empezando a popularizar el atún fresco en platos japoneses o ceviches peruanos para los cuales usaban atún importado congelado. O sea, mientras el atún local se usaba para carnada de tiburón o se echaba a perder, en la capital se compraba atún importado, que aparte de ser más caro, también tiene menor valor nutricional, no está fresco y deja una gran huella de carbono al tener que recorrer largos trayectos para llegar al mercado.

Trabajando al lado de los vendedores del mercado, se ha dado cuenta de que cada vez llega menos pescado. Del lado de los pescadores, la experiencia es que tienen que salir cada vez por más tiempo para sacar suficiente pesca para que valga la pena. Diego empezó a comprender que parte del problema es que los restaurantes le exigen los mismos pescados todo el tiempo y esperan que la calidad y el precio se mantengan estables en todas las temporadas. Al mismo tiempo, muchas otras especies, como la berrugata, la cabrilla, la chopa, el lenguado, el mero y varios diferentes tipos de pargo, son deliciosas, cada una con cualidades particulares. Comer estas especies podría quitarle presión a las más populares. Aparte, aprenderíamos a comer diferentes pescados, de diferentes formas.

Mediante La Marina, su empresa distribuidora, Diego busca promover que los restaurantes utilicen la pesca del día y no un pescado específico, menos aún si es importado. Eso facilita la frescura del pescado y, además, acepta sin caprichos lo que el océano nos ofrece ese día. Meciéndome en la hamaca, me quedo dormido dándole vueltas a ese pensamiento: ¿qué nos va a ofrecer mañana el mar…  qué le vamos a ofrecer?

Diego pescando la carnada

ALTAMAR

 

Salimos en la madrugada, todavía obscuro pero ya las casas estaban vivas. Algunas lanchas van saliendo al canal. Damos unas vueltas por los manglares para escuchar la sinfonía de pájaros anunciar el día, y quién sabe qué otras historias, mientras danzan en grupos dibujando saludos al sol.

Como terrícola que soy, sé que el mar es otro mundo. Nuestros principios no aplican. Él tiene sus propias leyes, su ritmo, toda una geografía secreta y una intrigante alianza con la luna que, aunque los científicos la puedan explicar, yo prefiero atribuirla a un pacto místico. Somos verdaderos extraterrestres en el mar.

Nos acercamos a la boca de la barra y nos perfilamos para tomar las olas. Es todo un arte salir al mar. Puede hacer o quebrar a un pescador. Pero nuestro capitán, Elmer, no parece preocupado. Con decisión avanza hacia las olas hasta que, más fácilmente de lo esperado, estamos en el mar abierto navegando en la planicie azul.

Capitán Elmer

El plan era ir a un par de sitios, «el atascadero» y «el quemado», donde dos barcos hundidos hacen que se junten los peces. Usaríamos como carnada los camarones que habíamos pescado en el canal la noche anterior. Llevábamos hielo, cervezas y anzuelos, es decir, todo lo necesario para una pesca de medio día. La lancha agarra velocidad y vamos partiendo las aguas, avanzando hacia el horizonte.

El agua se mueve a nuestro alrededor como un manto caleidoscópico de millones de matices: azul, gris, blanco, plateado, verde tal vez. Fractales de luz y de agua. Me dejo llevar por el constante ritmo del motor y del agua salpicando, siento calorcito del sol y me quiero dejar arrastrar por el sueño. Pero algo me hace abrir los ojos, hay algo en las olas que no son olas, algo fuera de lugar. Oigo al capitán gritar ¡ballenas! Se sumergen rápidamente al fondo. Damos vueltas esperando verlas salir de nuevo. Antes de lo esperado, una sale de nuevo, pero ahora más pequeña. Se trata de dos cachalotes: una madre con su hija.

Con astucia, nuestro capitán va siguiendo el trayecto que intuye que tomarán para verlas un poco más de cerca. Luego de unos minutos larguísimos de calma, vuelven a salir, madre e hija a pocos metros de la lancha. Bajo el agua, podíamos ver las aletas gigantes con la cola del tamaño de la lancha entera. Nos quedamos sin aliento. No estamos en nuestro mundo urbano y moderno. Para enfrentar la majestuosidad de esas criaturas, con su increíble tamaño, su belleza y su sensibilidad, nos hace falta aliento. Son mamíferos, seguramente muy similares emocionalmente a los seres humanos, viviendo en un mundo tan extraño a nosotros.

El mar se convierte entonces en un leve velo que se abre entre dos dimensiones que, por momentos, se conectan y seres distantes por un instante se miran.

Luego del espectacular encuentro con las ballenas, nos dirigimos a los barcos hundidos. Tiramos los anzuelos, abrimos unas cervezas, nos turnamos para saltar a nadar al mar (seguramente asustando a todos los peces). Elmer nos cuenta cómo salen a pescar por varios días y noches seguidos. Llevan un pequeño horno a bordo y comen pescado bajo las estrellas, mientras pescan a gusto, entre amigos. Pero el romanticismo de las estrellas y el mar poco sirven para suavizar el duro trabajo del pescador.  En esas noches que pasan en el mar no se puede dormir mucho. Hay barcos mercantes que son peligrosos o inesperadas tormentas. Un pescador siempre está expuesto a los elementos. «El pescador debe amar el mar». Me recuerda Elmer y, como bien lo sabemos, el amor no siempre es fácil.

Luego de un par de horas de probar los anzuelos, decidimos dar a los camarones la libertad y regresar con lo que el océano buenamente nos entregó: ballenas y compasión por los camarones. El mar nos había dado una lección: no encontramos ningún pez, pero sí encontramos abundancia.

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Escrito por:
Julio Barrios

Viajero de vocación, camino por el mundo coleccionando y repartiendo historias.

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