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¿Qué significa comer?

¿Qué significa comer?

Se llamaba Celina, mi maestra de primer grado. Los lunes, durante la primera clase, un período en que mezclaba Sociales y Ciencias, solía preguntar qué habíamos hecho durante el fin de semana o cuál lugar habíamos visitado y, muy a menudo, qué habíamos comido. La respuesta era pura algarabía. Los helados y los algodones eran superhéroes de paladares infantiles.

Algún lunes de aquellos, respondí con la verbigracia que solo se posee a los siete años —Yo comí sesitos— así, en diminutivo. Tuve que decirlo dos veces. —Sí, sesos. Dice mi mamá que son el cerebro de la vaca.

Mis compañeros soltaron expresiones de asco, de incredulidad, de risa. La Señorita Celina me apoyó, por supuesto, pidiendo detalles. Se los di con la misma naturalidad con la que me los comía. —Tienen hojitas y tomate— dije— son pálidos, los comemos sobre pan francés tostado, con un montón de mantequilla. Lo que más me gusta es el pan.

Con el tiempo aprendí la minucia del sofrito, la forma adecuada de lavarlos, los condimentos invisibles que enloquecían de gusto a la gente grande.

mana5280- Unsplash

¿Las hojitas? cilantro, a los siete todo lo verde son hojitas. En aquella época, cualquier hojita que te servían, junto a todo lo demás, debías comértela sin rechistar. Las formas de disciplinar tenían en las comidas, un aula amplísima. Escuchando anécdotas, aprendíamos el arte de alimentarnos en su exquisita dimensión sensorial y reglas del bien comer. Modales, les llamaban las tías.

—Los prepara mi abuelo— zanjé con un orgullo que aun siento.

En casa de mis abuelos maternos, se comía con cotidiana extravagancia. Cada sábado se celebraba un almuerzo en el que podía servirse lengua, pollo oculto bajo salsas variopintas, chuletas con jalea, hilachas kilométricas. O sesos. Mi abuelo era solemne en actos culinarios, de diente magnífico y hacía de su cocina un laboratorio de portentos. Cocinar le provocaba placer.

Comer es evocar la historia hasta resucitarla. Es continuarla. A partir de un caleidoscopio de recuerdos se desmadeja en la memoria un hilo conductor.

Las costumbres culinarias contienen relatos con código propio. Son rituales íntimamente ligados a la evolución personal, al inevitable trauma de crecer. Participamos en pequeños actos que ratifican el sentido de pertenencia. Pasar de la mesa de chiquitos a la de adultos. Involucrarnos en las sutilezas del ritual. Dar rienda suelta a la curiosidad respecto a los platillos, las recetas, los ingredientes, su origen y su porqué en nuestra tribu. Conocer ancestros a través de la comida, en momentos de comida. Comer es un acto de autodescubrimiento, un puente epicúreo entre idea y cuerpo. Se crece a paso de recetas y secretos familiares. Mi abuela vive en su favorita Carlota Rusa, mi abuelo en la compota de manzana.

Stefan Vladimirov – Unsplash

“Se carrerea al pollo en el patio…” reza la receta del caldo cinco estrellas, en el libro de mi abuela. A partir de sus palabras, escritas en los albores del siglo XX, encuentro raíces, identidad. Con ellas dibujo coordenadas en tiempo y espacio para mi condición mortal.

Una receta con historia es así de poderosa.

 

Este artículo es el ganador de la primera semana de nuestro taller de escritura gastronómica, El acto de comer. Si estás interesado en  formar parte de nuestro taller de gastronomía, LLENA NUESTRO FORMULARIO AQUÍ.

 

Escrito por:
Nicté Serra

Lectora empedernida, aprendiz de poeta, curiosa de palabras y sabores, Nicté es profesional de las finanzas y devota de las letras. Bloguera, columnista, narradora de cuentos. Ha sido publicada en distintos medios y antologías. Autora del poemario Ánimo aleatorio (2019, Casa Editorial 19-84).

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