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Valter el sardo

Valter el sardo

A finales de agosto de 1992 en temporada de huracanes por el Mar Caribe anduvo Andrew, por esas fechas abordé el vuelo de Iberia La Aurora – Barajas. Durante el trayecto de varias horas en algún momento me levanté para estirar las piernas, frente a la puerta de emergencia vi a un hombre pensativo que por la ventanilla ovalada contemplaba el cielo azul, las nubes y los destellos dorados de un sol que se despedía. Durante la amena charla que sostuvimos dijo que su nombre era Valter nacido en Cerdeña, y que pensaba en una antigüeña que le había robado el corazón.  Ambos íbamos con destino a Milán, allí él trabajaba en una publicación del grupo El Corriere della Sera. A los pocos meses Valter decidió volver a La Antigua para radicar como extranjero residente.

Jacob Travers – Unsplash

En la década de 1990 la ciudad colonial despertaba de un prolongado letargo a una interesantísima e irrepetible faceta de actividad cultural y social que ha desembocado en el decadente frenesí actual.  Entre martes y jueves algunos capitalinos planeábamos asistir a la inauguración de una exposición y/o cenar en sus restaurantes de buena fama.  Durante los años que Valter vivió en Sacatepéquez nuestra amistad se cultivó y gracias a él fui conociendo a personas y una agenda de eventos de diversa índole. Él en su momento contribuyó a la fisonomía  de la ciudad inaugurando una conocida disco en la Calle del Arco.  

Valter me remite al aperitivo Campari acompañado de papalinas del Caffé Opera del que era cliente dilecto, allí lo recibían con cálida alegría y hospitalidad una u otra de sus propietarias las italianas Nadia y Patricia; este lugar de encuentro era referencia obligada para los chapines y extranjeros que vivían en La Antigua y para los de la capital que lo visitábamos. Era un espacio lleno de energía y música con paredes tapizadas de retratos de divos y divas y principalmente carteles de teatro, Alla Scala entre otros, que anunciaban las puestas en escena de grandes producciones.  Desde la barra la Cimbali era una escultura dorada que de tanto en tanto se manifestaba con un vaporoso silbido que competía con las arias de tenores y mezzosopranos, a la vez que aportaba el aroma intenso para el cappuccino.    

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Cuando en las alturas conocí al italiano inquieto y aventurero, jamás imaginé que su amistad traería riqueza a mi vida con particular acento en lo gastronómico, desde café y aperitivos a comidas de todo tipo. Puedo verlo en la cocina de casa en el ritual preparatorio y explicativo de una salsa de verduras salteadas para comer con pasta…  Algo que lo caracteriza es la buena disposición a compartir sus saberes culinarios con pasión, claridad y paciencia, utilizando los mejores ingredientes de su entorno en simples pero curiosas combinaciones que sorprenden por sabores y texturas, y lo básico, su permanente deseo de agradar.  

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Mientras vivía en La Antigua conoció a una española de La Coruña con quien regresó a Europa para casarse, viven en Santiago de Compostela y tienen una hija que estudia para ser abogada. Después de años coincidimos en 2018 para una visita que la familia hizo a Guatemala,  reanudamos la comunicación con fluidez gracias al WhatsApp y a partir del 21 de marzo de este 2020 la pandemia trajo recetas suyas, con la indicación de “atreverse con la verdadera cocina italiana”: como aperitivo las “Croquetas de la mia suocera” cuya base es una salsa que de tanto batirse deje el brazo cansado,  en el apartado de panes y masas  la focaccia simple o condimentada con aceitunas, tomatitos o cebollas, y siempre con aceite de oliva y sal; como plato principal la Minestrone, para comerla un día después de cocinada, así reposa y espesa;  el verano manda para que la albahaca tenga su mejor perfume y se haga el pesto, bien machacado en el mortero;  los garbanzos asustados para la pasta e cecci alla toscana, muy agradecida en los días de frío; y de postre el bizcocho de frutos rojos o secos. Averna, amaro siciliano, de digestivo (el amaro lo agrego yo).

 

Este artículo es el ganador de la segunda semana de nuestro taller de escritura gastronómica, Profundamente humano: el acto de comer. Si estás interesado en  formar parte del taller, LLENA NUESTRO FORMULARIO AQUÍ.

Escrito por:
José Mayorga

José Manuel Mayorga Saravia (1961) abogado y notario, artista visual, nahual E, coeditor de El Azar Cultural, cofundador del efímero restaurante La Antañona, curioso, acelerado, amante del buen cine, apreciador de las manifestaciones culturales en su diversidad.

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